Consulta de Psicoterapia. Madrid Centro 

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ArteTerapia con mujeres en prostitución

Carmen Menéndez Pérez.- Se presenta la experiencia de un taller de Arteterapia en una asociación para la prevención, reinserción y atención de la mujer prostituida.

El taller de Arteterapia se crea como lugar para reparar, integrar, construir y elaborar. Lugar para confiar, compartir y de cuidado mutuo. Lugar de respeto, al que no estaban acostumbradas.

 

CARACTERISTICAS Y DESCRIPCION DE LA POBLACION OBJETO Y SUJETO DE LA EXPERIENCIA

Existían profundas diferencias entre las participantes del taller: país de origen, cultura, género, edad, formación, biografía personal… El trabajo en el taller debía partir de esas diferencias.

El colectivo estaba formado por un grupo de personas (mujeres biológicas, transgénero y transexuales), de edad entre 17 y 68 años, que tenían en común el ejercicio de la prostitución como manera de ganarse la vida.

Algunos rasgos frecuentes:

. La mirada de los otros, el estigma y el autoconcepto. Discriminación social.

La mirada del otro es unidireccional (estigma, juicio moral, insulto, doble moral,…) y juega un papel importante en el autoconcepto de la prostituta. Les lleva en muchos casos a llevar una doble vida y ocultamiento.

. En los últimos años la mayoría son mujeres extranjeras. Muchas vienen a través de redes organizadas  y viven como esclavas, sin ninguna libertad de movimiento  (rumanas, nigerianas,…). Carecen de documentación que acredite su identidad por lo que las invisibiliza todavía más.

. Necesidades económicas derivadas de la pobreza. Muchas ejercen para poder enviar remesas de dinero a sus familias (ecuatorianas, colombianas, brasileñas,…).

. Muchas son drogodependientes y con VIH. Su adicción se genera por diferentes circunstancias.

. Carecen de red familiar y afectos.

. Nivel académico y cultural muy bajo.

. Difícil acceso a recursos sociosanitarios,  a los que tienen derecho pero no hacen uso de los mismos por desconocimiento o por desconfianza total en la sociedad.

. Alto riesgo en enfermedades de transmisión sexual.

. Estrés psicosocial derivado del proceso migratorio, explotación sexual y situación de marginalidad.

. Trastornos psíquicos: ansiedad, estrés postraumático, depresión. Derivados de las agresiones físicas, amenazas y violaciones de que son objeto.

. En el caso de transgénero y transexuales se añade “el desorden” de la identidad del sujeto en el nivel de sexo y género y su estigmatización y patologización social.

 

TOMA DE CONTACTO.  ENTREVISTAS Y PROCESO DE OBSERVACION

Se inicia el taller tras un periodo de observación, realización de entrevistas y selección de participantes.

Un adecuado proceso de entrevista permite al paciente vislumbrar expectativas sobre el futuro taller. Al profesional le aporta información acerca de la problemática del paciente, de sus demandas y también le permite conocer el centro, su dinámica, las personas responsables con las que se va a trabajar,…

Este paso facilita una hipótesis de trabajo real, en función del grupo, ver qué personas podrían responder mejor o peor a un tratamiento de terapia a través del arte, etc.

De no hacerlo así, en un grupo como éste, que nunca ha hecho terapia de ningún tipo, pueden decidir participar en la experiencia por ser novedosa, porque es un cambio ante la monotonía (según sus palabras). Son personas que viven en la noche; un mundo muy cerrado en el que sólo se relacionan entre ellas. Su dificultad para moverse en otros ambientes les resta en habilidades sociales. En el taller, esta dificultad puede generar intentos de salirse de la norma, del encuadre y los límites necesarios para poder trabajar.

 

ENCUADRE

El planteamiento inicial era con la estructura de un taller cerrado, con un número de participantes fijo y para todo el periodo, pero durante el proceso fue evolucionando, condicionado por las circunstancias de la asociación, convirtiéndose en taller “semiabierto” con la posibilidad de que se fueran incorporando personas en función de las bajas que se generaran.

El espacio era una habitación bastante pequeña con una mesa central. Los materiales se exponían en cada sesión para que cada persona eligiera con qué trabajar; pero la realidad se impuso y por imposibilidad de espacio se presentaba cada día un tipo de material. El número de participantes fue de 10 mujeres. Las sesiones eran semanales, de una hora y media de duración.

El encuadre es un respeto al otro. Es un acuerdo común. Se pacta y bajo esas condiciones se trabaja en el taller. Da un marco de referencia; pone límites (desconexión de móviles, no salir ni entrar de la sala una vez empezada la sesión, no fumar,…). Es necesario plantear desde los inicios algunos compromisos: la asistencia, el respeto y la escucha, la libertad para poder decir o no decir hasta donde se quiere o se puede, la confidencialidad,…

En este colectivo hubo que recordar frecuentemente los límites en relación con el respeto, la escucha y las maneras de estar. Su cuerpo y sus formas reflejaban su costumbre a ser maltratadas y poco respetadas, algo que se vivenciaba permanentemente en el taller.

Normalmente no había propuesta temática. Se iniciaba el taller con lo que ellas traían, su sentir y lo que necesitaban transmitir.

Con respecto a la estructura de las sesiones, había un tiempo de palabra para expresar y comunicarse con el grupo desde sus necesidades, después se pasaba al trabajo de creación y finalmente había un espacio verbal, de reflexión y puesta en común.

Las producciones se cuidaban y respetaban por todas. Formaban parte de ellas y de su historia personal. Había que conservar la obra hasta el final del periodo; poder ver y reflexionar sobre el recorrido y después, cada una, decidir qué hacer con sus obras.

 

RELACION CON LA CREACION. LA VIVENCIA DEL TALLER

No tener claro lo que venían a hacer al taller, suponía un reto para todas. ¿Qué vamos a hacer? ¿Qué va a pasar? ¿Hasta donde quiero contar? Había entusiasmo, inquietud y mucha curiosidad.

Mirar el taller de Arterapia como un espacio potencial permite situarnos en un escenario del “como sí”, invitándonos a jugar, a experimentar en el encuentro con el otro y con su obra. La creación de símbolos, que colman este espacio intermedio, no son parte ni del reino de la fantasía ni de la realidad, sino que conforman la zona de descanso (Winnicott, 1971). Además permite conectar pasado, presente y futuro y también conecta el adentro con el afuera.

En las primeras sesiones aparecían miedos, angustias y ansiedades ante la idea de “jugar a ser artistas”. Poco a poco dejaron de preocuparte de si su obra estaba bien o mal. El trabajo partía de la emoción, del mundo de los afectos, de los recuerdos, de cada historia particular, de cada uno de sus mundos interiores, de sus deseos y sus pasiones, de sus sueños, frustraciones y dolor; y también, de sus recursos para reírse, reírse de todo y compartir esas risas con el grupo.

Era un espacio para tomar decisiones ante la tarea, para sentirse “capaz de”, para poder sentir y pensar; para rescatar emociones; reparar la historia personal, los vínculos dañados, el cuerpo maltratado; construir fragmentos de realidad…

Winnicott habla de recuperar el juego; en el juego de los niños está la creación. Según palabras de Fiorini, si ese juego fue detenido por la neurosis, por el trauma, se trata, a través del trabajo terapéutico, de levantar esos muros de contención para que el espíritu creativo y transformador vuelva a fluir.

Cada mujer fue buscando su lugar y el nivel de implicación que necesitaba. Cada una tenía su ritmo y manera de vivir la experiencia. Estaban las que vivían el taller como espacio para compartir  experiencias. Otras para ser escuchadas, para buscar apoyo y consideración, o para escapar de su día a día. Era una especie de refugio, un espacio nuevo y motivador. Un lugar seguro, de confianza y sostén, donde poder estar, sin más; desde el sentir individual y desde el dolor; sin ser juzgadas.

El trabajo desde Arteterapia facilita un lugar en el que “La representación mental del mundo interno…, se mantiene viva, gracias al reforzamiento proporcionado por la disponibilidad del terapeuta” y donde, a través del objeto transicional (la obra), el paciente puede representar y simbolizar material inconsciente (Winnicott).

En ese lugar. se establece una relación de transferencia en la que el paciente se siente contenido, acompañado y acogido tanto por el arteterapeuta como por el grupo. Todos los participantes pueden sentir que su obra, sus emociones, sus palabras y su desnudez van a ser acogidas y respetadas. Para Winnicott, es un área de juego en el que pueden suceder cosas sin que nadie sea dañado.

En este espacio potencial, la labor del arteterapeuta  es la de observar, escuchar y acompañar sin prisa, el “ritmo” y “tiempo” del paciente; colocado en esa posición, el arteterapeuta facilita la construcción de ese lugar seguro de transferencia.

La escucha es compleja. Hay que estar atento a la palabra, la expresión, el gesto, el movimiento corporal, la mirada mutua, la mirada de los otros; escuchar lo que se dice y lo que se silencia.

Observar la obra, cada aspecto, el proceso de realización, la postura corporal, lo representado, el ritmo, la atención, el uso de los colores y materiales, la colocación de los elementos, la palabra en el momento de exponerlo al grupo, lo que  se cuenta y lo que desvela, lo que revela la propia producción…

Como se puede observar a través del texto anterior, podemos señalar que en un taller de arteterapia se generan diferentes dinámicas de relación y de transformación al tener en cuenta: la dinámica intrasubjetiva (el paciente y su obra); la intersubjetiva (el paciente, el arteterapeuta y la obra) y la social (los otros -el tercero).

 

EL PROCESO Y EL GRUPO

Durante la experiencia de este taller, hubo una primera fase de idealización general. Unas mujeres porque realmente creían saber qué les podía aportar ese espacio, otras por lo novedoso.

Pasadas las primeras sesiones empezaron a aparecer dificultades en el respeto a los límites, a la escucha, al turno de palabra, a la compañera, a la implicación en el trabajo; a comprender cual era mi papel allí, yo no estaba para darles soluciones mágicas a sus preguntas y angustias y les costaba entenderlo.

También empezaban a verse las diferentes realidades y la dificultad de relación que eso generaba en el grupo; la participación en el taller de mujeres nigerianas, españolas, rumanas, ecuatorianas, colombianas; mujeres biológicas, travestís,… resaltaba su forma de vida en guetos, que fuera de la asociación, ni se relacionaban, ni lo intentaban; ya que en la calle, eran rivales.

Se podían apreciar dos perfiles diferenciados por las motivaciones y condicionantes para trabajar en prostitución: Las mujeres biológicas solían tener hijos, familias detrás que dependían de sus ingresos económicos; podían tener una vida en el mundo “de los normales”, y tener otra aparte, sólo para el alquiler de sus servicios sexuales. Hablaban con más facilidad de sus experiencias traumáticas, de sus necesidades y de sus sentimientos.

Las travestís, en “lo manifiesto”, reflejaban preocupación por el cuerpo, la identidad, las operaciones de cirugía; todo revestido de teatralidad, ironía y sarcasmo desgarrador. En sus intervenciones,  siempre aparecía la necesidad de ahorrar para hacerse cirugías, la comparación con las otras para ver quien era la más mujer en la apariencia, la frivolidad con la que hablaban de sus relaciones afectivas,…

Parecía que no se permitían sentir, amar y emocionarse. Los afectos aparecían en muy pocas ocasiones, los tenían ocultos y bien camuflados. Les costaba afrontar su historia personal, sus angustias y sus verdades.

Este segundo grupo, en su condición de travestís tenían más dificultad de poder trabajar en cualquier profesión. Aunque ayudaban a sus familias, mantenían bastante distancia en la relación con ellas; y buscaban este lugar , el de la asociación, para relacionarse entre iguales. Por lo que contaban, casi no tenían relaciones con otros grupos sociales.

El aislamiento en el que vivían; su dificultad para tomarse a si mismas en serio; para hablar de su dolor; lo encubrían con maquillaje, risas seductoras y movimiento de caderas. Su defensa era la máscara y la máscara no las dejaba reconocerse y construirse.

Sí había algo común en los dos grupos: su dependencia en lo afectivo. Muchas estaban inmersas en relaciones de malos tratos, de sumisión y explotación, por  los que ellas llamaban “mi hombre”. Repetidas veces decían de forma desgarrada “me quiere mucho, mientras vuelva todas las noches con 100€ en la cartera”.

Según María Jesús Soriano “La violencia más difícil de nombrar, de definir y de diagnosticar, es la violencia psicológica. Mujeres que no reciben golpes físicos, pero si psíquicos, manifiestan su gran dificultad de poner palabras, de expresar dolor ante esas heridas recibidas. Duele rememorarlo, elaborarlo, pero por otra parte es imprescindible para la recomposición de la propia historia”. En este grupo, les costaba reconocerlo y reconocerse en el maltrato; aunque se lo dijeran abiertamente unas a otras con toda crudeza, lo negaban en si mismas.

Parecía que sus vidas eran una casa abandonada por su propia inquilina. Primero se abandonaban en el cuerpo y después en todo lo demás. Estaban abiertas al uso de cualquiera. Ellas no eran las dueñas.

También era común su desconfianza en el ser humano y en la sociedad. Fue una de las dificultades iniciales. Pensar que se podía crear un espacio para ellas, para mirarse, hablar, experimentar el sentirse cuidadas por el grupo, ser escuchadas; y sin nada a cambio, les debió de costar.

 

LA OBRA Y LA PALABRA. FRAGMENTOS

El trabajo terapéutico pasa por construir sobre eso que produce dolor. En Arteterapia, en la realización de la obra, aparecen elementos inconscientes que a veces no se pueden nombrar; se libera lo reprimido, se viaja a momentos anteriores, origen del malestar; y desde la mirada del presente, acompañado y contenido por el terapeuta y el grupo, se puede llegar a elaborar y a generar un insight- “darse cuenta”-. 

“Cuando aparecía la angustia, el dolor y el llanto, no se trataba de forzarla pero tampoco de evitarla. Ella quería construir un personaje malo. Necesitaba una tela negra. En el turno de palabra nos cuenta su historia angustiada y llorando. Era el proxeneta que comercializó con su cuerpo y su vida. Primero la enamoró y la hizo depender de él para todo. Tenía 19 años, era rumana. Al final de la sesión decidió destrozar la figura y tirarla a la basura”.

A través de las imágenes representadas, se puede volver al pasado y revivir la vivencia dolorosa y traumática; y esa acción en el presente, permite reconstruir el malestar y reconstruirse como sujeto.

 “Ella dice que va a hacer su autorretrato. Cuando ha acabado la obra le digo si ha cambiado de idea pues ha realizado un hombre. Rompe a llorar y nos cuenta que fue violada y abandonada en el campo por tres hombres cuando tenía 11 años. Venía de Andalucía a buscar trabajo a Madrid en el servicio doméstico. Ahora tiene sesenta y tantos años”. A partir de ese día conservó la figura y no quiso volver al recuerdo traumático. Parece que necesitaba más tiempo para aceptar el dolor encapsulado durante tantos años”. 

El camino al recuerdo traumático es de rodeo, no directo. Se mantiene, a través de la obra, una distancia adecuada que permite que se elaboren cosas sin vivirlas. Hay un desplazamiento del adentro al afuera a través de la obra, que permite verla como espectador. Lo representado se separa de su autor y lo puede mirar como algo de fuera y dentro a la vez. La sorpresa de mirarlo y verlo como algo nuevo, que no lo había pensado; algo que ha expresado de manera inconsciente, que revela escenas y recuerdos entrevelados y confusos; y que al verlos, los reconoce, los asocia con la emoción del momento vivido y le da sentido. La creatividad y la capacidad de transformar ha hecho efecto. Algo ha cambiado ya hay un antes y un después en esa búsqueda permanente del sujeto.

“…En toda su obra habla de soledad, sea a través del recuerdo de su país, Ecuador, de sus frías noches en “la casa de campo de Madrid”, del recuerdo de su madre, del gatito que le gustaría tener… Sentimientos de soledad y tristeza invaden su vida, y este espacio le permite reconocerlo, expresarlo y sentirlo, acompañada por el grupo”.

“Raquel siempre hace en sus obras referencia y agradecimientos a sus compañeras; a mi por “hacerle caso”; a los animales, que le apasionan,… Le cuesta trabajar sobre algo suyo, propio, que le pertenezca a ella. Tiene una forma amarga de ver la vida, dice que no vale nada y que ahora, que es una vieja inútil, todo el mundo pasa de ella. Es travestí, española de sesenta y tres años. Se dedicaba al espectáculo, era hermosa y vivía con intensidad. Su cuerpo ha envejecido,  y nunca antes pensó que llegaría este momento. Titula su obra “Mi vida es un circo”.

La obra habla por si sola. A lo largo de las sesiones  han tenido su propio recorrido. Las autoras pueden ver cómo han evolucionado en recursos plásticos. Crece la seguridad en todo lo que hacen. La obra habla de ellas; es una parte importante de si mismas. La dificultad inicial está superada. Ahora se sienten capaces.

La obra facilita una descripción subjetiva y emocional que se puede recuperar y renombrar. La imagen habla de autoría, de pertenencia, de apropiación,… Permite transmitir singularidad y autonomía.

La palabra da a la obra otra dimensión. Poner nombre a las obras; hablar del proceso, a veces, disminuye la angustia ante la creación, ante el papel vació, la mirada al mundo interior, las zonas oscuras, los miedos,… La palabra permite también, y de otra manera, expresar emociones y sentimientos que resuenan a partir de la obra realizada.

A medida que se va fortaleciendo el vínculo entre participantes y arteterapeuta, se empieza a construir un espacio propio, para experimentar en la confianza y el respeto mutuo. Este “ambiente facilitador” genera satisfacción y motivación por descubrir sus propias habilidades, explorar, tomar decisiones, poder conectar con sus necesidades.

Ser escuchado y escuchar al otro; sentirse libres para opinar, experimentar que ese espacio es suyo; poder ser ellas mismas, descubrir aspectos personales a través de sus obras, llorar pérdidas no elaboradas anteriormente, cerrar algunas puertas al dolor…

“Esta obra representa parte del proceso de duelo de una mujer que había perdido recientemente a su hija  y no había podido despedirse. La distancia, la dificultad económica, el rechazo de la familia, le había impedido ir a su entierro. El taller fue un espacio para llorar la pérdida y poder expresar su dolor”.

“No sabía ni leer ni escribir. Sus obras eran una fusión entre el dibujo y la escritura. El acertado uso del color, la sutileza y fragilidad de los trazos, la forma de componer la obra; cómo se centraba en la realización y se olvidaba de todo lo demás y luego decía: ¡ estoy encantada con mi obra, se la voy a enseñar a mis sobrinos! El primer día se veía incapaz de coger un lápiz y pidió ayuda a sus compañeras. El último día me dijo que se iba a comprar una caja de pinturas para trabajar por las noches en casa”.

El breve recorrido que presento a través de estos fragmentos de historias en imágenes, refleja la intensidad de contenidos que fueron surgiendo en el taller. Una vez más, me asomo a dicha experiencia a través de este texto. Es una mirada subjetiva, la mía, incompleta y parcial. Un testimonio más del quehacer en Arteterapia para la reflexión.

 

CONCLUSIÓN

El trabajo en Arteterapia es una experiencia muy beneficiosa, donde entran en juego muchos elementos: la condensación en la imagen, el desplazamiento, la simbolización, la integración. En el acto de jugar, crear, sentir y pensar se pasa de la emoción al pensamiento y a la inversa. Se puede volver a narrar una historia personal y única que disminuya la escisión, facilite la continuidad existencial  y reduzca el sufrimiento.

El lenguaje artístico puede facilitar la integración de pensamientos, afectos y emociones. La creación en sí misma permite sentirse y pensarse; facilita la construcción de subjetividad y la relación con el otro.

El papel en blanco en Arteterapia es una metáfora de la realidad subjetiva. Se llena de elementos, de color y de forma. Se transforma en carne, en piel,… en huella. El límite del papel contiene lo que hay dentro. Por ser algo físico, que permanece, se puede volver a mirar y releer. Algo del “sí mismo” se ha inscrito en el papel y también se ha inscrito en su autor. Este se apropia de su obra. La obra es reflejo de su creador.

Virginia Woolf en su libro “Una habitación propia” nos habla de la necesidad del ser humano de encontrar un espacio propio de subjetividad, de expresión singular y de reconocimiento de una existencia. La terapia a través del arte facilita la construcción de ese espacio personal y propio donde poder habitar.

 

BIBLIOGRAFÍA

Ogden, T. (1985). En torno al espacio potencial. En libro anual de psicoanálisis. Vol 1:63-74.

Winnicott (1971). Realidad y juego. Barcelona. Ed. Gediza, 1992.

Fiorini H.J. (1995). El psiquismo creador. Barcelona. Ed.Paidós

TESSA DALLEY (1987). El arte como terapia. Barcelona. Editorial Herder

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Bataller i Perelló, V. (1995), Educación Sexual. Tesis Doctoral. Universitat de Valencia, E.G.

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Coderch, C. ( 1990), Teoría y técnica de la Psicoterapia Psicoanalítica. Barcelona.  Herder.

Foulcault, M. (1989), Historia de la sexualidad. Madrid. Ed. Siglo XXI.

Garaizabal, Cristina. La transgresión del género. Transexualidades, un reto apasionante. En: José Antonio Nieto (comp.) Transexualidad, transgenerismo y cultura. Antropología, identidad y género. Madrid, Talasa, 1998.

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